El segundo piso o cómo no hacer ciudad

26 de Febrero de 2018

El Segundo Piso construido durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador de 2002 a 2005, es el ejemplo concreto (también en el sentido estricto de la palabra) de una visión inequitativa e insustentable de ciudad: al 20% que tiene carro en la Ciudad de México, los mayores recursos y vías rápidas para su transporte.

El 80 % que carece de auto propio que se resigne a mirar el Segundo Piso desde las combis paradas en las laterales congestionadas. Las cifras parecerían decir otra cosa pues se argumenta que en ese gobierno se gastaron seis mil millones de pesos en 40 carros para el Metro y, sólo cinco mil millones para el Segundo Piso.

Pero esas obras sólo son comparables cuando se expresan per cápita, entre los usuarios de la vía rápida y aquellos del Metro: se gastó una cantidad casi equivalente para favorecer a la minoría con auto que la que se gastó en equipamiento para el Metro que transporta diariamente a 4.5 millones de personas. La política de no cobrar ese tramo no es populismo, sino elitismo: que los pocos con carro circulen gratuitamente y que los impuestos de todos cubran el mantenimiento.

El Viaducto Miguel Alemán se inauguró en 1950 y 68 años después sigue siendo una vía más o menos eficaz, aunque congestionada; el Anillo Periférico se abrió en 1957 y después de décadas de servicio hoy combina algunos tramos eficaces, otros en que funciona como estacionamiento con todo y vendedores ambulantes y asaltantes, durante las lluvias puede ser vía acuática y en general viacrucis de los automovilistas. El Circuito Interior se inauguró en 1963 y los ejes viales en 1983. Cuando en 2002 AMLO tomó personalmente la decisión de construir el Segundo Piso ya era evidente el rendimiento negativo de las grandes obras viales, todas con periodos cada vez más cortos de servicio óptimo, aportando apenas mejoras temporales para aligerar el tráfico para luego dar lugar a lo que los especialistas llaman *tráfico inducido.

Un ejemplo casero ayuda a entender fácilmente el concepto de tráfico inducido: usted engorda, se siente incómodo en la talla usual; se compra una talla más amplia, se siente cómodo nuevamente y vuelve a subir de peso. Tiene un clóset atiborrado, lo amplía, disfruta temporalmente el beneficio para poco después volver a atiborrarlo. Más facilidades al transporte en auto incentivan el uso de éste y lo convierten en algo aspiracional no sólo por los anuncios de las compañías automotrices con rubias despampanantes suspirando por el binomio hombre-auto, sino porque en la experiencia cotidiana tener auto resulta, resultaba, más cómodo y eficaz.

De todas las grandes vialidades construidas, el Segundo Piso es la obra con la duración más corta de rendimiento óptimo y la obsolescencia más temprana, dando la razón a todos los que se opusieron presentando modelos que demostraban que incentivaría el tráfico y que causaría caos en las zonas impactadas por las salidas. Si desde los primeros años de uso, accesos y salidas estaban congestionados gracias a un pésimo diseño, a sólo 13 años de inaugurado el Segundo Piso es la encarnación de la profecía cumplida: ha incrementado el tráfico, inducido el uso de automóviles, contribuido a la contaminación y, probablemente, enriquecido a sus constructores.

En el video Este soy yo, sobre AMLO, éste posa muy orgulloso en el segundo piso, la obra estéticamente más horrorosa de la Ciudad de México, no sólo físicamente, sino equivocada desde conceptos que ya eran perfectamente claros en 2002. Una obra que induciría el crecimiento del automóvil, que éste a su vez llevaría a invertir recursos públicos y privados en la infraestructura que requieren los autos: concreto, acero, suelo, para guardarlos y estacionarlos, por no mencionar el terrible daño al ambiente y a la calidad del aire de la Zona Metropolitana. Y surge el misterio: ¿cómo es que una secretaria del Medio Ambiente, Claudia Sheinbaum, aceptó hacerse cargo de una obra que contribuiría a vulnerar el patrimonio que estaba responsable de cuidar: la calidad del aire, la sustentabilidad de la ciudad?

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Una obra de cinco mil millones que se hizo sin licitación, aprovechando la opacidad que, entonces, brindaba la figura de los fideicomisos y cuya información fue reservada por 12 años, decisión que por las protestas de la ciudadanía se revirtió, pero no en el gobierno de López Obrador. De hecho, como Jefe de Gobierno hizo todo lo posible porque en la Asamblea Legislativa no se aprobara la Ley de Transparencia; una vez aprobada retrasó su publicación y sólo la publicó en la Gaceta local cuando no hubo más remedio. Todos esos pudieron haber sido errores de su primer ejercicio de gobierno, pero no lo fueron. Sigue orgulloso del Segundo Piso y sin convicción democrática profunda. Nos vemos en Twitter: @ceciliasotog y fb/ceciliasotomx.

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