El mínimo vital y el reino de la libertad

06 de Marzo de 2017

Antes de salir al aeropuerto, imprimimos en casa el pase de abordar o lo recibimos en la pantalla del celular. O al llegar a la terminal, imprimimos el pase en módulos automáticos. ¿Cuántos empleos se ahorran las líneas aéreas con esta modalidad? Para tener efectivo, vamos al cajero automático, introducimos la tarjeta, damos el pin y recogemos los billetes. ¿Cuántos empleos se ahorraron los bancos con los cajeros? 

Para hacer la ya próxima declaración de impuestos, entramos a la página del SAT, llenamos un formulario y lo enviamos por internet. O compramos un software que nos lleva las cuentas. ¿Cuántos empleos se ahorra el SAT con su página web? ¿Cuántos contadores públicos se han convertido en choferes de Uber porque ya no tienen clientes que requieran de sus servicios contables? ¿Cuántos servicios de taxis han sustituido operadoras telefónicas por software? Desde que salió Word Office, ¿cuántas secretarias han perdido sus empleos?

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Así que tenemos un problema. En nuestro país, seis de cada diez personas en el mercado de trabajo no tienen un empleo formal… y lo más probable es que no lo tendrán, por lo menos tal como lo concebimos tradicionalmente. No es que los mexicanos no trabajemos, por el contrario, estadísticas de la Organización Internacional del Trabajo han demostrado que nuestro país es el campeón en horas por trabajador. El trabajo se ha precarizado, con malos salarios y falta de certidumbre o no se reconocen como trabajo productivo actividades que merecerían un ingreso, como las relacionadas con lo que llamamos la “economía del cuidado”, que realizan de manera mayoritaria las mujeres.

La “caja” mental que nos impide pensar en otro tipo de soluciones es aquella que vincula salario o ingreso con trabajo. Y el autor de este postulado es el economista más publicado de todos los tiempos. Nadie sabe su nombre, pero su libro es el más popular de la cultura judeocristiana. Se trata del libro del Génesis, escrito por lo menos hace unos tres mil años, y me refiero específicamente a la dramática narración que describe la expulsión de Adán y Eva del Paraíso. No haré un análisis de género ni de cómo este economista de marras obviamente era un misógino, pues el castigo se deriva de que Adán hace lo que un hombre sensato debe hacer: obedecer las sabias palabras de su Eva. En fin, que nuestro economista milenario condenó a Adán y a Eva, y con la pareja original a todos nosotros, a “ganar el pan con el sudor de la frente”.

Por ello, la iniciativa del jefe de Gobierno, de proponer en la Constitución de la Ciudad de México un Ingreso Básico Universal, no vinculado al empleo ni al trabajo, ni a la condición económica de la persona, sino como derecho de los habitantes de la ciudad, levantó tanto debate. La propuesta de una Renta Básica o un Ingreso Básico Universal se remonta por lo menos a los escritos de Tomás Moro, en su Utopía, publicada hace 500 años, y a muchos otros autores. Plantea que la sociedad debe garantizar un ingreso mínimo a todos sus habitantes a fin de evitar la miseria, aumentar su autonomía e independencia y la libertad de decir no a un trabajo esclavizante. La propuesta choca, en principio, con la sentencia bíblica a la que ya me he referido, pero si se piensa con más cuidado, se verá que lo insensato es obligar a tantos seres humanos a situaciones de indignidad.

La Constitución de la Ciudad de México adoptó una propuesta cercana a la del Ingreso Básico Universal, mencionada en una sentencia de la Suprema Corte de Justicia, en mayo de 2007, como mínimo vital. La reproduzco para iniciar el debate que tendrá que tocar aspectos como el financiamiento, viabilidad, experiencias, etcétera:

“Un presupuesto del Estado democrático de derecho es el que requiere que los individuos tengan como punto de partida condiciones tales que les permitan desarrollar un plan de vida autónomo, a fin de facilitar que los gobernados participen activamente en la vida democrática. De esta forma, el goce del mínimo vital es un presupuesto sin el cual las coordenadas centrales de nuestro orden constitucional carecen de sentido, de tal suerte que la intersección entre la potestad estatal y el entramado de derechos y libertades fundamentales consiste en la determinación de un mínimo de subsistencia digna y autónoma protegido constitucionalmente. Este parámetro constituye el contenido del derecho al mínimo vital, el cual, a su vez, coincide con las competencias, condiciones básicas y prestaciones sociales necesarias para que la persona pueda llevar una vida libre del temor y de las cargas de la miseria, de tal manera que el objeto del derecho al mínimo vital abarca todas las medidas positivas o negativas imprescindibles para evitar que la persona se vea inconstitucionalmente reducida en su valor intrínseco como ser humano por no contar con las condiciones materiales que le permitan llevar una existencia digna. Así, este derecho busca garantizar que la persona —centro del ordenamiento jurídico— no se convierta en instrumento de otros fines, objetivos, propósitos, bienes o intereses, por importantes o valiosos que ellos sean”. ¡Bellísima!

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