Supérenlo ya, demócratas, y peleen como republicanos

Les recomiendo este artículo escrito por Dahlia Lithwick y David S. Cohen,  y publicado en The New York Times el 14 de diciembre.

El próximo lunes 19, los miembros del Colegio Electoral estadounidense votarán para declarar presidente a Donald J. Trump. Aunque éste perdió la elección por casi tres millones de votos y genera encabezados sobre nuevos escándalos casi a diario, el Partido Demócrata hace muy poco para frenarlo. Si usted se ha estado preguntando “¿dónde están los demócratas?”, no es el único.

Desde la elección, los líderes demócratas han estado casi ausentes de la escena nacional. Más bien se han involucrado en una guerra intestina sobre qué tanto trabajar con Trump. La campaña de Hillary Clinton, tratando de alentar una transición pacífica, se ha vuelto casi completamente secreta y las apariciones más notables de la ex candidata nos llegan como selfies con desconocidos. Nadie merece más tiempo libre que ella, pero mientras se descomprime el país se dirige hacia su mayor error electoral en la historia.

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Nos hemos enterado recientemente que el presidente electo Trump tiene conflictos éticos y de negocios que es posible que violen la Constitución; no asiste a sus briefings sobre seguridad nacional y se aleja de la política exterior tradicionalmente bipartidista; ha criticado en su cuenta de Twitter a los sindicatos y a los que protestan; y planea integrar gran parte de su gabinete y liderato de alto nivel con multimillonarios dedicados a eliminar los programas que estarán encargados de supervisar. En el intervalo, reportes recientes de la CIA indican que Rusia interfirió en la elección.

No faltan teorías legales que puedan impugnar la unción de Trump, pero éstas son aducidas no por el Partido Demócrata sino por personas ajenas a éste. Ciudadanos fervorosos han argumentado ante los miembros del Colegio Electoral que voten contra Trump; profesores de Derecho han argumentado que leyes como la que plantea que “el que gana se lleva todos los votos electorales” son inconstitucionales; un pequeño grupo, que se autodenomina Electores Hamilton, intenta liberar a los miembros del Colegio Electoral para que voten en conciencia; y ha surgido una nueva teoría acerca de que hay precedentes legales para que las Cortes den el triunfo a Clinton sobre la base de la interferencia de Rusia. Todos estos esfuerzos, junto con las protestas de base, los boicots y las peticiones, han estado ocurriendo sin el Partido Demócrata. Lo más que hemos visto es una respuesta a las revelaciones de la CIA, pero sólo con republicanos a bordo como cobertura bipartidista a los demócratas.

Considérense las movilizaciones por el recuento de votos en Pensilvania, Michigan y Wisconsin. Mientras el Partido Demócrata litiga resentimientos en la prensa, Jill Stein, la candidata del Partido Verde que recibió 64 millones de votos menos que la señora Clinton, ha encabezado los esfuerzos. Los demócratas participan a regañadientes desde los márgenes, pero sólo porque la percepción pública los ha forzado. El intento se ha visto débil, con un juez de Pensilvania denegando la petición por ser “más tardía que el último minuto”.

Contrástese la parálisis demócrata con lo que los republicanos hubieran hecho. Si Trump hubiera perdido la elección en el Colegio Electoral y ganado el voto popular, un ejército de abogados republicanos hubiera caído sobre las Cortes y los funcionarios electorales locales. Lo más granado del establishment republicano hubiera interpuesto demandas e inyectado cada declaración pública con un claro pronunciamiento de que Donald Trump era el verdadero ganador. Y hubieran empezado la mañana del 9 de noviembre, usando la retórica del patriotismo y el valor.

¿Cómo podemos estar tan seguros de que así hubiera sido? Porque eso fue lo que pasó en 2000. Cuando el resultado de Florida seguía sin decidirse después de la noche de la elección, los republicanos no dejaron su destino en manos de individuos o de candidatos de terceros partidos. No, ellos reclutaron al ex secretario de Estado James Baker III para dirigir la defensa de George W. Bush. Estructuraron su campaña para defender la victoria de Bush en vez de recontar votos. Fueron claros, consistentes y firmes, con los grandes nombres de la política republicana trabajando juntos.

Más aún, no consideraron la posibilidad de que sus teorías pudieran ser derrotadas o vistas como endebles en retrospectiva. Considérese la teoría que terminó triunfando en la Suprema Corte. No había precedente para la idea de que la cláusula constitucional de Protección Equitativa requiriese un recuento completo dentro de un estado. Sin embargo, los republicanos insistieron en esta teoría y convencieron a la mayoría, aun y cuando los jueces reconocieron que el argumento no tenía precedentes y que no sería usado de nuevo. Fue una victoria de audacia pura.

Llegamos rápido a 2016, y los demócratas no están haciendo nada parecido. En vez de eso están dejando la batalla en manos de académicos y organizadores locales que parecen más horrorizados que Hillary Clinton, Barack Obama y el Partido Demócrata ante una presidencia de Trump. En 2000, los republicanos arrojaron todo lo que pudieron contra el muro para ver si pegaba, sin preocuparse de bumerangs potenciales; los demócratas de 2016 están al parecer muy preocupados de que se les llame perdedores ardidos. En vez de sortear las críticas que vienen cuando se batalla cuesta arriba, en una lucha históricamente importante, el partido aun trata de encontrar una fórmula mágica.

Conforme se aproxima el voto del Colegio Electoral del lunes, los demócratas deberían estar luchando con dientes y uñas. En vez de eso nos están dejando con pruebas incontrovertibles de que los republicanos, ganen o pierdan, se comportan como si hubieran ganado, mientras los demócratas se comportan como si hubieran perdido. Lo que esto entraña para los próximos cuatro años es verdaderamente aterrorizador.

Dahlia Lithwick (@dahlialithwick) es editora de Slate. David S. Cohen (@dsc250) y es profesor de Derecho de la Escuela de Leyes Thomas R. Kline de la Universidad Drexel.

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