Los derechos de las mujeres bajo el Presidente Trump

Este artículo fue escrito por Hilary Mantel, una historiadora y escritora inglesa cuya obra incluye novela histórica y ensayos. Es la única mujer que ha sido galardonada en dos ocasiones con el prestigioso premio Booker.

El Estado no debe acecharla. El sacerdote debe cerrar la boca. Las leyes no deben interferir.

Por Hilary Mantel, The New Yorker, 21 de noviembre, 2016.

El día antes de la elección, el clima de Nueva York parecía más de mayo que de noviembre. Bajo el sol cálido, patinadores enguantados sobre hielo, obedientes al calendario, serpenteaban por la pista de Bryant Park, que se mostraba listo para el invierno con adornos de copos de nieve y estrellas. Era una magnífica tarde para ser extranjero, con el boleto en tu bolsa, checando ya en el aeropuerto JFK y dejando el país antes de que eligiera a Donald Trump. La televisión de la mañana había rogado a los televidentes llamar al número en pantalla para votar sobre si Mrs. Clinton debía ser enjuiciada como criminal. Oprima 1 para sí, 2 para no. “¿Debería Hillary tener tratamiento especial?”, preguntaba la voz una y otra vez. No había opción para encarcelar a Trump.

Durante su campaña, Trump amenazó con penas no especificadas a las mujeres que intentaran abortar. En el segundo debate lo vimos merodear detrás de su oponente, para atrás y para adelante con la cabeza baja, beligerante y amenazante, mientras ella se movía dentro de su espacio legítimo, retornando a su atril después de cada respuesta: riendo contenidamente, tratando de ser razonable, tratando de ser impasible. Fue un remedo de lo que ha pasado alguna vez a casi toda mujer. Ella se percata de que algo brutal revolotea en la periferia de su visión: si está sola en la calle ¿qué debería hacer? Yo quería que Mrs. Clinton se volteara y nombrara lo que todas estábamos viendo. Quería que levantara un brazo como diosa y apuntara hacia el lugar de donde venía su rival y lo enviara hasta allá, a su propio espacio, como perro lloriqueando.

 

Por supuesto, no todo es evidente a los ojos. La psique tiene su vida oculta y así es en las calles. En el centro de la ciudad, las rejillas del metro arrojan su aliento caliente, evidencia de una ajetreada vida subterránea; pero podrías no adivinar que bajo Bryant Park hay millones de libros almacenados y que bajo la superficie corre un sistema de vías de tren, como juguetes de un gigante calculador. Activados por el deseo o el antojo de un erudito, los volúmenes viajan sobre los rieles en vagones rojos hacia los lectores de la Biblioteca Pública de Nueva York. Los peatones ignorantes esquivan y viran, mientras la tierra bajo ellos se agita. Somos inconscientes de la información hasta que estamos listos para ella. Un día sentimos una resonancia de la planta de los pies al cráneo. Sin mediación, sin excusas, leemos por nosotros mismos y sabemos lo que sabemos.

Hay algunas mujeres que son conscientes del momento en que han concebido un hijo, igual que una siente cuando es vigilada o seguida. Yo nunca tuve un hijo, pero una vez en mi vida, hace mucho tiempo y por un solo día, creí que estaba preñada. Tenía 23 años, tres años de casada. No tenía planes para tener un hijo. Pero mi predictible ciclo se había torcido, y una mañana sentí como si detrás de mis costillas estuviera empezando una actividad. No era respiración, ni digestión ni el latido de mi corazón.

Yo vivía en el norte de Inglaterra entonces. Mi esposo era profesor, y debieron haber sido vacaciones de mitad de año porque fuimos a la ciudad a visitar a un amigo y pasar la tarde con sus padres, que estaban de visita desde la rural Cornwall. Ellos se preguntaban por qué tantos edificios grandes estaban pintados de negro, por qué incluso las lápidas parecían estar rayadas y manchadas. Eso, les explicamos, no es pintura, son dos siglos de mugre acumulada. Ellos estaban sorprendidos, apenados por su ignorancia. Para ellos la industria pesada era algo arcaico que uno solo veía en los libros. No sabían que sus residuos estropeaban los pulmones como almohadones de Satán, que engrosaban los muros y espesaban el aire.

A la hora del lunch con mis amigos no podía comer, permanecer quieta ni encontrar acomodo. Me sentía débil y mareada. De pronto sentía calor, luego frío. A nuestro regreso a casa llamé a mi suegra, que era enfermera. “Me pregunto si estás esperando”, dijo. En la cocina, mi esposo me tomó en sus brazos. Oficialmente no queríamos un niño pero vi que, al menos por ese momento, lo quisimos.

Ninguno de los dos sabía el siguiente paso. ¿Eran confiables las pruebas de la farmacia? ¿Sería mejor ir directamente al doctor? Mi suegra dijo: no sé cuál sea el camino correcto pero sabré lo primero que hay que hacer tan pronto como regrese al trabajo.

Pero cuando dejé su casa el espacio de posibilidad que se había abierto para mí se estaba llenando de congoja. De pronto me puse temblorosa. Conforme caía el anochecer, la congoja crecía hasta llenar cada cavidad de mi cuerpo. Hasta los huesos sentía vacíos, como si algo estuviera creciendo por dentro y presionando hacia afuera. En la madrugada empecé a sangrar. El episodio había terminado. Ninguna prueba sería necesaria. Nunca volví a tener ese particular conjunto de sentimientos, ese distintivo desvarío fisiológico. Pero las mujeres están llenas de potencial. Contraríalas en un sentido y ellas encontrarán otro. Lo que nunca me abandonó fue el sentimiento de que algo golpeaba dentro de mi pecho, pidiendo dejarlo salir. Error sensorial, me dije. Solo hasta recientemente tuve el pensamiento de que pudo haber sido un embarazo real, una concepción ectópica, inviable. Semejante error de la naturaleza puede resultar en una emergencia quirúrgica, incluso en muerte súbita. Es posible que haya tenido un escape venturoso de un peligro que apenas estaba ahí.

Pocos días después de que me ocurrió este pensamiento, tuve no un sueño, sino una visión sombría al despertar. Me pareció que una burbuja flotaba a unos tres pies sobre mi cuerpo, atada a mí por un hilo casi invisible. En la burbuja estaba un niño diminuto que me pedía mi perdón. En su semivida, vivida un solo día, no había causado ni creado otra cosa que dolor; así que me pedía perdón antes de esfumarse.

No concedí al niño ninguna realidad. Tampoco pienso que haya sido una quimera. Lo reconozco como una especie de verdad, ligera como una metáfora. No se me había ocurrido que hubiera algo que perdonar, que todo estaba inscrito como para causar aflicción, que podía durar años. Pero había una tenue conexión con aquel día de mi vida, y al menos podía cortar el hilo y navegar libre.

Fue imaginación, sin duda. La imaginación no es para ser escarnecida. Frágil, falible, va trabajando por el mundo. Debido a que corté ese hilo me volví más segura que nunca de que es erróneo interponerse entre una mujer y un hijo que puede o no puede elegir nacer.

Las activistas hablan del “derecho de la mujer a elegir”, como si estuviera escogiendo un dulce de una caja o una ciruela de un árbol. No es esta clase de elección. A menudo es hecha en lugar de nosotras. Algo no realizado da el resbalón hacia la existencia, antes de que el tiempo lo agarre. Algo que esperamos salga, se retrotrae hacia dentro del cuerpo o se dispersa en el aire. Pero pase lo que sea, pasa en un espacio privado. Dejen que la mujer elija si la elección es suya. El estado no debe acecharla. El sacerdote debe cerrar la boca. La ley no debe interferir.

Toda la semana previa a la elección fue suficientemente cálida como para disfrutarla en sillas de jardín. El mercado de Grand Central exhibió plenitud americana: cajas transparentes de frutos jugosos, rechonchos con una floración púrpura oscura; pirámides de sushi; cortes de carne de res en su sangre. En la luz fugaz de la contienda, chequé el tablero de destinos para la otra vida que pude haber vivido. Hace veinte años, mi esposo trabajaba para IBM. Estaba proyectado que nos mudaríamos a las oficinas de White Plains. Por una semana o dos lo imaginamos y luego el plan se desintegró. En esa vida yo habría tomado el tren y arribado entre los esplendores sosegados de Grand Central y caminado en mis zapatos de Manhattan. ¿Existían las pilas de libros entonces? De seguro lo habría sabido y sentiría los libros moviéndose bajo la calle 42, debajo de donde da vuelta el gusano.

Cuando las casillas se estaban cerrando, yo estaba en algún lugar sobre el Atlántico. Conforme volábamos hacia la luz, una de las tripulantes vino con café y un boletín, con la cara larga y noticias que sorprendieron a las filas aledañas. Ellos no piensan ‒dijo‒ que Hillary puede agarrarlo ahora. Tomé mi reloj para ponerlo a la hora, insegura de cuántos siglos hacia atrás. ¿Qué ofrecería Donald Trump ahora? ¿Salem con juicios? ¿Ahorcamientos públicos? La chica que nos había dado la noticia estaba juntando las mantas para la vigilia nocturna. Arrugando sus cejas dijo: “Lo que no comprendo es quién pudo votar por él.”

Nadie que conozcamos, ese es el problema. Durante décadas, la gente agradable y buena se ha estado hablando entre ella, charlando en todos los foros, ignorando lo que se cocina abajo: envidia, ira, lujuria. En ambos lados del océano, los bien-pensants ponen sus dedos en sus oídos y se inclinan y sonríen entre ellos, como perros cabeceando o mascotas pintadas. Creían que habíamos superado los pecados mortales. Pensaron que éramos racionales sofisticados que podíamos postergar la gratificación. Creyeron tener a la mayoría y descartaron el rugido desde las jaulas fuera de los muros o, si los escucharon, creyeron que podían silenciarlos con un poco de facilidades cuantitativas, un paquete de medidas especiales. Los temores primitivos pasaron inadvertidos. No fue solo la cruda fanfarronería de la campaña de Trump lo que envenenó el discurso público, sino la indulgencia liberal hacia lo marginal y lo caprichoso, el hábito de dejar pasar las mentiras, de ignorar la verdad viviente en favor de las rastreras e insensatas apologías de los muertos. Muchas cosas se habían vuelto indecibles, como si al no hablar de nuestros aspectos groseros los estuviéramos aboliendo. Es un fracaso de la imaginación. En esta elección como en cualquier otra, ningún candidato estaba resplandeciendo de blancura; la política no es para los ángeles. Pero no parece demasiado pedir un mundo donde la mujer pueda vivir sin meterse en las sombras, sin el temor de algo repugnante orbitando en torno a sus hombros. Mr. Trump ha prometido un mundo donde los blancos y los ricos gobiernen a su manera, la avaricia alimentada por la ignorancia inaudita. Debe honrar sus promesas, pues sus apoyadores podrían ponerse furiosos pronto. Él, lo inconsciente ambulante, debe nutrir a su propia progenie y sentir su diente.

En el aeropuerto de Dublín a la hora del desayuno, las bromas amargas volaban sobre las sillas de plástico: habrá mucho trabajo para los irlandeses ahora ‒si quieres construir un muro, los paddies no han perdido sus habilidades. Yo quería ver a una mujer dirigiendo la gran nación, así que mi espinazo hubiera podido estar más derecho está borrascosa y soleada mañana. Temo que el barco del estado se esté hundiendo, y nosotros estamos pataleando en agua salada, entrampados en nuestras propias cuerdas y redes. Alguien debe salir a la superficie y al aire limpio. Es posible liberarse de algunos embrollos, algunos errores y comienzos penosos, seas un alma o una nación entera.

El fin de semana previo a la elección estábamos en el Ohio rural. La luna era una tierna creciente, las noches heladas y los amaneceres brillantes con el carmesí y el violeta del otoño. El domingo por la mañana, en un cielo sin nubes, un pájaro volaba en círculos a la deriva de las corrientes. Mi esposo dijo: “¿Sabes que hay águilas en esta parte del país?” Vimos en silencio cómo el pájaro volaba bien arriba. “No sé si es un águila”, dijo al fin. “Pero sé que ese pájaro es más grande de lo que crees.”

 

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