Los hombres que las feministas dejaron atrás

Por Jill Filipovic, The New York Times, 5 de noviembre, 2016

El 8 de noviembre los estadounidenses podrían elegir a nuestra primera mujer presidenta. Aunque muchas nos regocijamos por la posibilidaad de esta victoria feminista, el precio que hemos pagado por llegar tan cerca de derribar esta histórica barrera ha sido la elección más gráficamente sexista que podamos recordar.

Lo que esta campaña nos ha mostrado es que mientras el feminismo ha transformado la cultura de los Estados Unidos, la forma en cómo hacemos política y la vida de las mujeres, los hombres no han evolucionado tan rápidamente. Las mujeres cambiaron. Muchos hombres no. ¿Qué sigue?

En toda la historia de los Estados Unidos los hombres blancos han sido tanto el grupo dominante como el grupo por default: en general han sido los hombres blancos en cargos [públicos] y las experiencias y normas de hombres blancos aquello ante lo que todos los otros se han contrastado y definido. Cuando Hillary Clinton ingresó a la Escuela de Leyes de Yale en 1969, había solo una mujer en el Senado de los Estados Unidos. Era legal que un hombre violara a su esposa pero el aborto era ilegal en casi todas partes. La señora Clinton se graduó como una de las 27 mujeres en una generación de 235 egresados, después de habérsele advertido explícitamente que si era aceptada en la escuela de leyes ocuparía el lugar que legítimamente le correspondía a un hombre.

Los movimientos de muchas décadas por los derechos de las mujeres han cambiado este sistema, han tirando las barreras legales y sociales que obstaculizaban el ingreso de las mujeres en la fuerza de trabajo, han cuestionando las reglas culturales que a menudo las mantenían en silencio y dándoles más control sobre su cuerpo y, por extensión, sobre su futuro. El año en que la señora Clinton se graduó en Yale, la Suprema Corte sentenció que la mujer estadounidense tenía derecho al aborto; esto, junto con el amplio acceso a los anticonceptivos, significó que las mujeres ingresaran en masa a universidades y empleos.

Para las mujeres el feminismo es tanto un éxito notable como una obra en progreso: estamos en la fuerza de trabajo en cantidades récord pero raras veces ascendemos a los puestos más altos. La violencia sexual es tomada hoy con más seriedad que nunca pero la mujer aún la padece en números sorprendentes, generalmente por hombres que ellas conocen. Las mujeres son hoy más visibles en la vida pública y crean la mayor parte de los medios de comunicación y el arte que los estadounidenses consumen, pero solo representan el 19 por ciento del Congreso y el 33 por ciento de los papeles con diálogos en las 100 películas de mayores ingresos.

No obstante, las mujeres jóvenes están subiendo muy alto, en gran parte porque estamos envejeciendo en una suerte de justo medio: exhibiendo aún muchas conductas femeninas tradicionales ‒siendo corteses, cultivando relaciones provechosas, escuchando y comunicándonos efectivamente‒ y encontrando que esas mismas cualidades nos benefician en el salón de clases y en el lugar de trabajo, abriéndonos más oportunidades para destacar. Y mientras nos encontramos caminando sobre la cuerda floja entre ser percibidas como primores o como perras competentes, hoy hay más maneras de ser mujer que nunca antes. Ya no es inusual encontrar mujeres abogadas o ingenieras. Nadie se fija si usamos el pelo corto, vestimos pantalón, pagamos con tarjeta de crédito propia, ganamos partidos de futbol o compramos nuestra propia casa.

Los hombres no han ganado la misma flexibilidad. El mundo en torno suyo ha cambiado pero muchos permanecen atados al pasado. Mientras la mujer incursiona continuamente en dominios tradicionalmente masculinos, los hombres no han cruzado al otro lado. Ellos hacen más en el hogar que antes, pero las mujeres hacen mucho más ‒en un día promedio, el 67 por ciento de los hombres realiza algún trabajo doméstico contra 85 por ciento de las mujeres. La identidad masculina permanece anclada en la dominación y el potencial de ingresos, y cuando esas cosas languidecen se rinden o se ponen furiosos.

Esto, quizá más que cualquier otra cosa, explica el ascenso de Donald J. Trump: él se comprometió a luchar para que los hombres blancos recuperen su identidad.

También está el simple hecho de que el señor Trump está compitiendo contra una mujer, ocho años después de haber tenido a nuestro primer presidente negro. Para muchos hombres acostumbrados a ver sus propios rostros reflejados en los corredores del poder, esta tendencia adversa a la autoridad del hombre blanco se vuelve simplemente intolerable. El ánimo racial entre los seguidores del señor Trump es particularmente pronunciado.

El señor Trump ofrece chivos expiatorios convenientes ‒mexicanos, musulmanes, políticas comerciales, corrección política‒ a los dislocados hombres blancos y promete regresarlos a su lugar legítimo en la sociedad. Con su sarta de esposas modelos y actrices, sus hermosas chicas de concursos de belleza y su vulgar ostentación de riqueza, el señor Trump encarna la fantasía del poder recuperado. La señora Clinton, mujer ambiciosa sin remordimientos que compite para ocupar el lugar de un exitoso y pionero hombre negro, simboliza todo aquello hacia donde los Estados Unidos han avanzado ‒y en su promesa de ayudar a los hombres desposeídos expresa la expectativa implícita de que ellos también cambien.

Es tentador ignorar a la gente que se rehúsa a evolucionar, sobre todo si su candidato pierde la elección. Pero la fealdad de la campaña del señor Trump es evidencia de cómo los hombres blancos que viven en su propio universo menguante pueden ser una amenaza real. Para las mujeres, los mayores logros educativos, la vida laboral y la posposición del matrimonio y la maternidad significan que nuestras vidas son más expansivas y abiertas al futuro que nunca antes. En cambio, los hombres blancos de la clase trabajadora han visto dañadas muchas de sus relaciones con la sociedad ‒sindicatos diezmados, empleos perdidos, familias divididas o nunca formadas‒disminuyendo su estatus social y quedando cada vez más aislados. El hecho de que muchos hombres blancos estén luchando seguramente contribuye a la popularidad del señor Trump, pero la fuerza impulsora de esta elección no es el dinero ‒el ingreso medio de los votantes por el señor Trump en las primarias es alrededor de 72 mil dólares anuales, 16 mil dólares más que el ingreso nacional promedio. [No es dinero] Es el poder poder, y la furia de verlo decaer.

Los hombres blancos siempre han visto el mundo diferente que las mujeres y las minorías, pero sus normas y visión ahora han sido relegadas como marginales y, a veces, engañosas. Este es un cambio sorprendente.

Las diferencias en cómo los hombres y las mujeres interpretan la misma información es evidente en las respuestas al señor Trump. A principios de octubre, más de la mitad de los hombres creía que el señor Trump respeta a las mujeres “algo” o “mucho”. Esta encuesta fue aplicada después que se supo que el nominado republicano había llamado marranas y perras a las mujeres, comentado sobre el sex appeal de su propias hija y llamado “Miss máquina de tragar” a la ex Miss Universo, Alicia Machado. Al mismo tiempo, cerca de dos tercios de las mujeres [encuestadas] dijeron que el señor Trump no las respeta. Mientras la mayoría de los hombres está de acuerdo ahora en que el señor Trump no respeta a las mujeres después de que la vulgar grabación de “Access Hollywood” fue dada a conocer, más de cuatro de cada diez continúan sosteniendo que sí nos respeta. Lo que hace a una preguntarse qué significa el respeto a la mujer para estos hombres.

Los hombres dejados atrás por el feminismo plantean una amenaza para el país en conjunto. Ellos están armados con sus propios hechos y montones de resentimiento; una derrota electoral, incluso una grande, no significará derrota general para ellos. Otros candidatos republicanos sin duda están observando la rabiosa base fanática del señor Trump y concibiendo estrategias ganadoras en competencias más pequeñas en ciertas localidades conservadoras homogéneas.

En las últimas semanas de esta horrible campaña, el señor Trump ha empezado a hablar de una elección amañada e insinúa que no aceptará los resultados si pierde el martes. Mientras él azuza a sus seguidores a encolerizarse ante una derrota electoral, Clinton y sus seguidores demócratas trabajan para ampliar el número de mujeres en puestos de elección, dando un cambio de imagen más extremo (y femenino) al poder de los Estados Unidos. Los demócratas han sido mucho mejores que los republicanos en apoyar candidatos de la diversidad y, si esos candidatos triunfan, el Senado podría tener casi un cuarto de senadoras ‒un récord. La mitad de los candidatos en las elecciones más competitivas para cambiar asientos de rojo a azul en el Congreso son mujeres. Clinton misma ha afirmado su identidad feminista, a veces de modo encubierto: en la Convención Nacional Demócrata y en el último debate, llevaba un fresco traje blanco, homenaje indumentario a las sufragistas vestidas de blanco cuyas victorias son tan recientes que un pequeño número de mujeres que nacieron antes de que la mujer pudiera votar estará votando por Clinton el martes.

Es imposible decir si una mujer presidenta ayudará a normalizar el poder femenino y reparar algunas de las grietas hechas visibles por esta elección, o si encolerizará a muchos hombres de modo que estas disparidades se hagan mayores. Lo que es claro ahora es que este es un gran trabajo incompleto del proyecto feminista, una sospecha de larga fermentación traída a la luz por esta elección: más roles y oportunidades para las mujeres no se traducirán en plena igualdad de género si los hombres no cambian.

Los hombres no necesitan más posturas o promesas masculinas de restauración de su perdida grandeza. Lo que necesitan es hacer su propio movimiento por la igualdad de género, destruir los estereotipos y adiposidades de masculinidad. Comprensiblemente, las feministas se han enfocado en las mujeres; tenemos suficiente quehacer para ser cargadas con la tarea de mejorar a un montón de hombres a menudo misóginos. Si los hombres blancos que se sienten ignorados, no respetados y perdidos quieren ver mejoradas sus vidas, deberían reconocer la señal de los grandes avances que las mujeres feministas han logrado y empezar a luchar por ese progreso. La vida es realmente mejor con roles de género más fluidos que permitan a los individuos hacer aquello para lo que son buenos en vez de lo socialmente prescrito. Todas las feministas que conozco te dirán que los hombres aportan mucho más que fuerza física o cheques, y que amaríamos un mundo donde los hombres fueran libres para ser flexibles y tiernos, ambiciosos y padres amorosos, expresivos y emocionales.

Donald Trump puede no estar de acuerdo. Pero las mujeres somos la mitad del país y como no vamos s regresar a tiempos pasados, los mismos hombres que han sido hostiles al feminismo deberían considerar la posibilidad de estar con nosotras. Sospecho que para muchos hombres, una América más igual –una con menos reglas culturales acerca de cómo debe ser un hombre y más posibilidades para su identidad y respeto—sería un estupendo país para vivir.

Jill Filipovic es autora del libro “The H Spot: The Feminist Pursuit of Happiness” (en prensa).

 

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