Mandela a los 100 años

16 de Julio de 2018

Mi generación ha tenido la fortuna de ser contemporánea de seres humanos extraordinarios: nacida poco después del fin de la Segunda Guerra Mundial, crecimos escuchando con asombro las hazañas pasadas de Winston Churchill, Charles de Gaulle, las historias de la Resistencia. Fuimos testigos por igual de los juicios contra los perpetradores del exterminio nazi y de los esfuerzos por la reconciliación entre franceses y alemanes a través del audaz proyecto de un Mercado Común Europeo que hoy ataca un enano moral como Donald Trump.

De las luchas por los derechos civiles en Estados Unidos y la emergencia de líderes como Martin Luther King, la eclosión estudiantil de 1968, desde la inmolación premonitoria de Jan Palach contra la dictadura soviética en Praga hasta las rebeliones de París, México y tantas otras ciudades, contra el autoritarismo y por una educación con libertad de pensamiento y participación de los jóvenes.

Pero Nelson Mandela fue una figura aún más cercana: un mes después de que el torturador nazi Adolf Eichmann fuera ejecutado en Jerusalén en 1962, Madiba —su apodo tribal— fue encarcelado por su oposición al gobierno racista de África del Sur. Fuimos estudiantes del 68 y Mandela seguía en prisión, jóvenes adultos contra la guerra de Vietnam y Mandela seguía en Robben Island, críticos de la Guerra Fría y Madiba seguía preso, testigos sorprendidos de la Caída del Muro de Berlín y de la desaparición de la Unión Soviética, eventos simultáneos a nuestro 88 y a la lenta e imperfecta construcción de la democracia electoral y Mandela continuaba en prisión. Después de 27 años fue liberado en febrero de 1990 y ganó las elecciones presidenciales con 63% del voto en 1994.

Su vida debería ser objeto de estudio en todas las preparatorias y bachilleratos. Su autobiografía, El largo camino hacia la libertad, podría editarse en versión corta y ser lectura obligatoria o motivo de obras de teatro en secundarias y prepas. Primero porque los jóvenes necesitan saber el caso extremo de un gobierno que sostuvo “legalmente” un régimen de opresión racial contra la población mayoritaria negra y eso les permitirá entender mejor los amenazantes resabios de discriminación racial que hicieron ganar la elección a Donald Trump y que representan un creciente peligro para las democracias europeas. Necesitan saber por qué Francia planea eliminar la palabra raza de su Constitución y por qué en México también hay racismo contra los pueblos originarios.

Más importante, necesitan conocer, admirar y conmoverse con el trabajo personal de Mandela para construirse como un líder capaz de soportar décadas de prisión, así como la violencia indecible del régimen racista surafricano contra su familia y camaradas y salir libre comprometido con la reconciliación y un proyecto de democracia republicana para su país.

De la autobiografía que cito, hay tres momentos que me impresionaron. Cuando por primera vez sale de su aldea y va a Johannesburgo, como a los 19 años, un blanco desconocido  se les acerca a él y a un amigo mayor que él y les ordena que vayan a comprarle cigarros. Madiba va diligentemente porque ésa era la costumbre: total obediencia a los blancos. En cambio, su amigo se niega. Fue la primera vez que comprendió que ese arreglo no era natural.

Después de participar en actos de sabotaje, Mandela sale clandestinamente del país y viaja a Etiopía. Por primera vez ve un ejército negro, mandos militares negros y un gobernante, Haile Selassie, negro. Y concibe, entonces, la posibilidad de un gobierno de mayoría negra en su país.

En 1989, un año antes de salir, lo trasladan a una cárcel en Ciudad del Cabo. Le permiten salir para una consulta médica y el chofer de la prisión le da un extraño tour por los barrios acomodados de la ciudad. Comprende que el mensaje es que si va a gobernar, debe hacerlo para todos. El espíritu conciliador de Mandela, su capacidad de alzarse por encima de los odios resultado del brutal régimen de opresión, su capacidad de ver más allá de los intereses grupales, su negativa tenaz a caracterizar a sus adversarios de forma peyorativa se retrata conmovedoramente en Invictus, la película sobre el triunfo de la selección surafricana en la Copa Mundial de Rugby en 1995.

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En el juego final, el presidente Mandela viste la camiseta de los Springboks, el odiado equipo de los blancos y da el mensaje de un país unido, haciendo eco de su famoso discurso de 1947, cuando recibe una sentencia de prisión perpetua: “He dedicado mi vida a la lucha por el pueblo africano. He luchado contra la dominación blanca y he luchado contra la dominación negra. Atesoro el ideal de una sociedad democrática y libre en la que todas las personas puedan vivir en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y alcanzar. Pero si fuera necesario, es un ideal por el que estoy preparado a morir”. Un gigante. Nos vemos en Twitter: @ceciliasotog y fb.com/ceciliasotomx.

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