Kazuo Ishiguro y sus temores

DESPUÉS DEL BREXIT

Desde el viernes pasado he estado enojado. Empecé a sentir enojo por quienes votaron a favor de salir de la Unión Europea y por todos aquellos que hicieron campaña a favor de esta opción. Después sentí todavía más enojo hacia David Cameron por permitir que una decisión tan enormemente compleja, de grandes alcances y que definirá tantos destinos se haya hecho no a través de nuestros procesos de democracia parlamentaria, probados tantas veces por el tiempo, sino a través de un referéndum que muy pocos habían pedido y cuyos términos y reglas (¿asistencia mínima? ¿margen requerido para la victoria?) no habían sido debatidos y por tanto realmente no existían. Enojado porque una de las pocas historias exitosas de la historia moderna –la transformación de Europa del matadero que era, pleno de regímenes totalitarios y guerra total en una región muy envidiada de democracias liberales que viven en un régimen de amistad casi sin fronteras– pueda ser debilitada de tal manera por un proceso tan miope como el que sucedió la semana pasada en Gran Bretaña. Estoy muy enojado porque muy probablemente el Reino Unido dejará de serlo, apenas dos años después de que el referéndum escocés parecía haber asegurado su futuro.

Pero el enojo sería un guía traicionero en la situación actual y es imperativo que razonemos y actuemos con serenidad. Estamos donde estamos y todavía hay un gran espacio para ser aprovechado. De hecho, creo que en las próximas semanas lucharemos por el alma de Gran Bretaña. Si yo fuera un estratega de la ultra derecha, me estaría restregando las manos de contento: nunca había habido una mejor oportunidad, por lo menos desde la década de los 30’ para convertir la xenofobia de la Pequeña Inglaterra hacia el racismo neo nazi. Todos los que no queremos ver que eso suceda tenemos que hacer todo lo que esté de nuestra parte para unir a una nación gravemente desunida, ansiosa, sorprendida y sin líderes en torno a un corazón esencialmente decente.

 

Ishiguro
El escritor Kazuo Ishiguro.

¿Pero cómo?

Puedo entender bien la emoción detrás de la campaña creciente para persuadir al Parlamento para, de alguna manera, ignorar el resultado del referéndum. Pero ésta u otra estrategia basada en usar los huecos legales existentes, sólo puede llevar al desastre. El país se dividiría aún más, quizá de manera definitiva; el sentimiento de privación de derechos que ya sienten muy agudamente muchos de los votantes pro Brexit aumentaría enormemente; pero sobre todo, cualquier intento de darle la vuelta al resultado del referéndum de la semana pasada, le daría a la ultra derecha la herramienta de reclutamiento más poderosa de la posguerra.

No podemos dejarnos gobernar ni por el enojo ni por un sentido de ser los justos en esta batalla. Debemos aceptar el resultado del referéndum de la semana pasada y agruparnos en torno a una opción “Brexit light”: una versión que permita continuar con el libre movimiento de personas a cambio del acceso continuo al mercado único.

Sí, estoy consciente de que muchos de los votantes pro Salir lo eran porque querían detener la “inmigración fuera de control”. Me doy cuenta de que “recuperar nuestro país” y la “soberanía” en realidad eran para mucha gente eufemismos para expresar “saquen a patadas a los inmigrantes”. Una proporción de estas personas tendrán y siempre lo tendrán un odio inamovible hacia los extranjeros (incluyendo a los europeos blancos). Son racistas. Pero creo que muchos otros, que votaron para “controlar la inmigración”, son gente decente que al paso de los años se han indignado y preocupado por sus vidas y por los prospectos para las vidas de sus hijos y han llegado a identificar a la inmigración como la raíz de la causa de sus problemas. Es este último grupo que ahora debe poner cuidadosamente en un contexto más amplio su razonamiento y decidir cuál es el siguiente paso que realmente quieren que tome el país.

Porque lo que ha quedado rápidamente claro es que el campo a favor de salir no está para nada unido en torno al tipo de Brexit que ha ganado. Claro que nunca estuvo obligado a ello. No es un partido; no tiene que rendir cuentas a la nación formal o legalmente. (Tal es la naturaleza del referéndum, contrario a la democracia parlamentaria que David Cameron decidió abandonar.) Sin embargo, el país tendrá pronto que decidir. Casi con certeza, al Reino Unido no se le dará acceso al mercado único sin retener la libertad de movimiento de personas a través de sus fronteras. Muchos de los que hicieron campaña por el Salir sabían esto pero dejaron a sus colegas menos presentables engañar al electorado con promesas imposibles. Así que pronto enfrentarán este asunto: Como nación, ¿odiamos tanto a los extranjeros como para negarnos a nosotros mismos el acceso al mercado único? O podría fácilmente decirse así: ¿Gran Bretaña es tan racista como para no poder ser una destacada nación en un mundo globalizado? Dígase como se diga, se trata de un asunto que tiene que resolverse pronto porque tal como estamos actualmente el futuro Primer Ministro carece de mandato sobre qué modalidad de Brexit se debe negociar.

Necesitamos un segundo referéndum—no para re escenificar el primero sino para definir el mandato que viene del resultado difuso de la semana pasada. (Habiendo recorrido el camino del referéndum, tan estúpido como haya sido, no creo que sea aceptable tratar de regresar a las posibilidades de decisión de Westminster). Este segundo debate tiene que ser uno que sea abiertamente y sin ambigüedad acerca de las ventajas y desventajas entre poner fin a la inmigración abierta con la Unión Europea y mantener el acceso al mercado único. Será un debate en el que aquellos que hicieron campaña y votaron a favor de Salir por razones no racistas tendrán la oportunidad de declararse en el lado opuesto de los racistas. Y será una oportunidad para aquellos que instintivamente han culpado a los migrantes europeos por las presiones sobre su vivienda, su empleo, los servicios de salud y escuelas como para escuchar los argumentos que señalaban otras causas –el fracaso de varios gobiernos sucesivos para construir vivienda accesible, la crisis de la banca, el recorte y sub financiamiento de los servicios públicos, el fracaso a largo plazo para resolver la devastación de grandes regiones dependientes de la manufactura e industrias pesadas.

Algunos considerarán un juego peligroso poner una antorcha tan directamente enfrente de la vena racista de este país –si es que ésta existe. ¿Qué tal y si un segundo referéndum resulta efectivamente en un mandato a favor del racismo? ¿En qué tipo de lugar se convertiría este país entonces?

Creo que en este dilema tenemos que tener algo de fe en el pueblo de Gran Bretaña. Incluso después del shock del resultado del viernes pasado, todavía tengo esa fe. Hablo como un individuo de 61 años que nació en Japón y que ha vivido aquí desde los 5 años.; quien ha observado y experimentado a esta sociedad desde la perspectiva de un niño pequeño visiblemente extranjero quien por años fue el único en su tipo en la escuela o en su comunidad más amplia; quien vivió en varias partes del país al atravesar los grandes cambios de las siguientes cuatro décadas. Por ejemplo, en las décadas de los 70 y los 80 llegaron y se establecieron aquí grandes números de inmigrantes del Caribe, del subcontinente indio y de África, incluso cuando este país atravesaba una y otra vez crisis económicas y sin embargo el National Front, el BNP y otros partidos racistas nunca lograron establecerse bien aquí, comparativamente con sus contrapartes en el continente europeo, y se han derrumbado uno tras otro. La Gran Bretaña que conozco y que amo profundamente es un lugar decente, a favor de la justicia, que tiene compasión por aquellos extranjeros vulnerables, que resiste a los predicadores del odio de cualquier extremo político, tal como sucedió en la primera mitad del siglo 20 cuando el fascismo recorría Europa.

Si esa visión se ha hecho obsoleta, si ahora es ingenua, si ahora Gran Bretaña es alguien a quien ahora no puedo reconocer como aquella en la que yo crecí, por lo menos déjenme escuchar esas novedades de manera clara y fuerte. Sepamos a que nos enfrentamos. Busquemos saber quiénes somos.

Pero no creo que esos sean los resultados. Necesitamos un segundo referéndum a favor o en contra del “Brexit light” que unifique a Gran Bretaña en torno a sus instintos humanistas tradicionales. Y para aislar a los racistas que hoy se engañan creyendo que han ganado el respaldo de la nación.

 

 

 

 

 

 

 

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