1968: año de llegada y partida

1 de Octubre de 2018

De tanto en tanto, en la historia irrumpen hechos extraordinarios y la generación que los protagoniza. Es el caso de 1968. ¿Pero se trata de hechos inmediatos o de transformaciones como resultado de la suma de situaciones límite, disyuntivas, crisis mal resueltas, contrastes que poco a poco van construyendo la materia del cambio?

El verano de ese año, precisamente, cuando inició el movimiento estudiantil en México, coincidió con mi graduación en una preparatoria en las Lomas de Chapultepec de la Ciudad de México. Para hijas de familias privilegiadas y administrada por religiosas católicas, cualquiera pensaría que esas alumnas jamás podrían identificarse como parte de la generación del 68.

Pero el estallido libertario mundial protagonizado en docenas de países y ciudades venía preparándose desde el inicio de la década, agregando lentamente nuevos elementos y nuevas razones para exigir un mundo diferente, al tiempo que se extendía la influencia de estos cambios. También llegó a mi escuela.

Uno de los cambios más influyentes fue el Concilio Vaticano II, iniciativa del Papa Juan XXIII, que se extendió de 1962 a 1965. El idioma original de los más de dos mil delegados conciliares fue el latín y sin embargo, fue este conglomerado el que decidió que las misas no fueran más en latín, sino en los idiomas locales y que el sacerdote oficiara frente a los fieles y no dándoles la espalda, como símbolos de una Iglesia más abierta hacia la sociedad.

Los aires renovadores del Concilio recorrieron universidades, escuelas, barrios, élites y pueblo que, por primera vez, escuchaban los oficios religiosos en su idioma. La propuesta de una Iglesia volcada hacia los más y no los menos indujo poco después cambios radicales en la orden Jesuita, que en México cerró sus escuelas elitistas para volcarse hacia los más pobres.

El Concilio también influyó en una actitud menos severa contra el uso de anticonceptivos. La fabricación de la píldora dio un salto importante: había logrado sintetizar el principio activo que se obtenía de una planta, —por cierto mexicana, la candelilla— para masificar su producción. Desarrollada experimentalmente desde los años 50, el uso de la pídola no se masificó, sino hasta la segunda mitad de los 60. Por primera vez, biología no era destino y la separación entre placer y reproducción podía ser accedida por millones. Las beneficiadas fundamentales fuimos las mujeres. La llamada “revolución sexual” de los sesentas no hubiera sido posible sin la píldora. Mujeres liberadas podían retardar la maternidad sin postergar una activa vida sexual. Más libres podían acceder a la educación superior e inundar las manifestaciones estudiantiles con lemas libertarios políticos y amorosos. Podían también trabajar y ganar independencia económica.

La lucha por los derechos civiles en Estados Unidos y la oposición a la Guerra de Vietnam fueron elementos decisivos en el convencimiento de que era posible derribar el statu quo. La Revolución Cubana era el vivo contraste y en sintonía con Vietnam: dos ejemplos de la saga de David derrotando a Goliath, ¿por qué no repetirla en casa?

En México, la imagen idílica del desarrollo estabilizador tenía más de foto para tarjeta postal que de realidad. El férreo control de la información por parte del gobierno impedía que se conocieran los muchos síntomas de descontento. No me refiero sólo a los movimientos guerrilleros y la guerra sucia para combatirlos, recuerdo también el movimiento de los médicos que en 1964 y 1965 desafió la represión del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz; la noticia resultó concreta y cercana cuando al médico privado que nos atendía se le revocó su licencia médica.

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En 1967 estallaron movimientos masivos de protesta en Morelia y en todo el estado de Sonora. Si las protestas en Michoacán estuvieron restringidas al ámbito estudiantil, en el caso de mi estado tenían como eje la lucha contra la imposición política de un candidato impopular. Dentro del PRI se protestaba contra el PRI, contra la cultura del dedazo.

Fue un movimiento amplio que se extendió a toda la sociedad: estudiantes, clases medias, padres de familia, sectores campesinos disidentes de la CNC y que no paró, sino hasta que el Ejército tomó con paracaidistas y tropa la Universidad de Sonora y el candidato impuesto por Díaz Ordaz, llegó apoyado por paramilitares, la infame Ola Verde.

El general que encabezó la represión en Sonora fue nada más y nada menos que José Hernández Toledo, herido por los francotiradores el 2 de octubre en Tlaltelolco. El 3 de octubre, en Hermosillo, yo esperaba con ansia los periódicos de la Ciudad de México. No casualmente, ese día no llegó  Excélsior, llegó, en cambio, El Sol de México con un titular del que sólo recuerdo su sentido: Se descubre conspiración comunista. No le creí. A 50 años de Tlaltelolco, cuánto hemos cambiando y cuánto más nos falta por cambiar. Nos vemos en Twitter: @ceciliasotog y fb.com/ceciliasotomx.

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