Valeria y Mara: cuando la justicia no basta

18 de Septiembre de 2017

Miles hemos pedido justicia para Mara y es muy probable que se obtenga. Hay pruebas abrumadoras contra Ricardo Alexis N. probable asesino de la joven estudiante poblana, Mara Fernanda Castilla.

Ya en prisión preventiva, el “chofer-socio” de Cabify, enfrenta probable sentencia de 60 años por feminicidio, 20 años por violación, más las que se acumulen.

También hemos pedido justicia para Valeria Teresa, la niña de apenas 11 años de edad, recién graduada de primaria, asesinada por un chofer de microbús en Nezahualcóyotl. En este caso una suerte de justicia bíblica llegó: el asesino se suicidó o fue inducido al suicidio por sus compañeros de cárcel, un tratamiento común bárbaro entre los presos para los asesinos de niñas. ¿Pero es esto justicia? ¿Pueden encontrar los padres de Valeria y Mara en las sentencias o destino de los culpables, siquiera una brizna de consuelo ante la pérdida devastadora de sus hijas. No lo creo.

La idea de que México es una isla de impunidad en materia de delitos contra las mujeres es inexacta y no por buenas razones: el mundo entero tolera en mayor o menor medida la violencia contra las mujeres, incluyendo los países nórdicos. Amnistía  Internacional revela que de los 30 mil incidentes de violación en esos países en 2009, sólo 216 personas fueron sentenciadas por razones no muy diferentes a las de México: temor a denunciar, dificultad en reunir pruebas, etc. Según el estudio Bra de 2013, financiado por el gobierno sueco, encuentra que no se denuncian 80% de las violaciones, cifra semejante a la reportada para Reino Unido por el estudio del Metropolitan Institute de Londres y en el mismo orden de las de México.

Con estas breves comparaciones no quiero decir que carezcamos de un problema de violencia de género muy grave en México. Por el contrario, quiero enfatizar que no sólo es un problema de justicia formal, de la urgencia de disminuir la impunidad o del cambio de autoridades. Es todo esto y más como lo prueban las cifras terribles del violencia contra las mujeres en países con menor impunidad que en México y sistemas más funcionales de justicia. A todo lo anterior hay que agregar la percepción por parte de una gran mayoría de hombres, forjada y transmitida a través de millones de años, de que las mujeres son objetos para manejar a placer.

Debemos transformar nuestro sistema de justicia y cerrar las vías a la impunidad. Sí. Debemos también fortalecer las campañas para que los hombres puedan identificarse con una nueva masculinidad, basada en la igualdad y camaradería entre hombres y mujeres. Sí. Pero todos esos cambios requieren décadas, transformaciones generacionales, una nueva cultura de convivencia. ¿Debemos conformarnos a que continúen los asesinatos de niñas y jóvenes mientras se logran esos cambios institucionales y culturales? De ninguna manera.

Es importante recordar que gran parte de los delincuentes son oportunistas. Es decir, la mayor parte de las violaciones y feminicidios  no es perpetrada por asesinos y violadores seriales, aunque los hay.  La mayor parte son personas más o menos comunes que aprovechan una circunstancia que facilita su provecho o que están bajo el efecto del alcohol o de las drogas o que se transforman por el llamado efecto Lucifer, descrito por el sicólogo americano Philip Zimbardo.  Éste surge  cuando se da poder total a una persona o a un grupo de personas  sobre otras —hombres o mujeres, completamente indefensos, tal como lo serían una niña o una joven solas frente a un depredador potencial.

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El delincuente más frecuente es el que aprovecha una oportunidad. Delinque porque quiere y puede. Quizá, no podamos evitar que quiera delinquir, pero sí podemos impedir o hacer cada vez más difícil que pueda hacer daño. Una forma de honrar la memoria de Valeria Teresa, Mara Fernanda y de una lista dolorosamente larga, es la de propiciar estudios locales entre universidades, autoridades y organizaciones de víctimas sobre las circunstancias en las que se cometen los delitos. Es infinitamente más rápido y fácil alterar esas circunstancias para desalentar la comisión de delitos que desterrar el machismo (aunque también hay que combatirlo). Iluminar las calles, instalar cámaras, crear redes de amigos y vecinos, vigilar que no se vendan bebidas adulteradas, crear la figura de responsabilidad compartida con locales y servicios (como Cabify y Uber) que propicien la indefensión de los usuarios. Hay mucho por hacer.

Envío desde aquí mi solidaridad y afecto a las familias de Valeria Teresa y Mara Fernanda, con la promesa de que seré parte del esfuerzo por devolver las calles de México a nuestras jóvenes y niñas. Referencias de este artículo en: www.ceciliasoto.com. Nos vemos en twitter: @ceciliasotog y en fb.com/ceciliasotomx.

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